martes, 8 de noviembre de 2022
Coté es mi querida desconocida, a la que hace hoy 20 años conocí, justo cuando ella abandonaba este mundo.
Mi abuelo había sufrido un ictus en verano, con 102 años, y ahora andaba cada día más débil con 103 recién cumplidos. El faro y estandarte de la familia, un hombre siempre fuerte, que se iba lentamente.
Serían las 19:45 aproximadamente de la tarde del 8 de noviembre de 2022. Llegué a casa y en el patio de mi casa había una chica tendida en el suelo, boca arriba, y unos sanitarios que la habían desnudado de cintura para arriba para tratar de reanimarla. No pudo ser. Había entrado en el edificio y entre el noveno y décimo piso abrió una ventana (apareció abierta), y saltó. Me impactó mucho. Cuando policia y sanitarios se fueron, quedaron algunas cosas en el suelo, entre ellas su reloj de pulsera, parado a las 19.40. Lo cogí. Me hacía muchas preguntas sobre aquella chica; quién era?, qué la llevo a saltar?, etc.
Unas horas más tarde, sobre las 2 am, nos llamaron de casa de mi tía: mi abuelo se iba o ya se había ido. Cuando llegamos a la calle Cádiz, 13 y subimos al piso, mi madre corrió a abrazarlo y llorarlo con el resto de hermanas. Muy triste también. Traté de estar entero, hacía tiempo que que trataba de hacerme a la idea cuando llegara. No quise verle fallecido, eso sí, sino recordarle como le recuerdo hoy: un hombre fuerte.
Día 9 de noviembre, velatorio de mi abuelo, y junto al de mi abuelo el de una joven chica: Coté. Me acerqué a verla. De toda la gente que había en la sala recuerdo a sus abuelos y a una mujer de mediana edad con la que hablé algo posteriormente. Los abuelos me dieron una pena inmesa; estaban allí todos sentados y nadie hablaba con nadie, pero al entrar yo y decir que venía a ver a Coté, que vivía donde ella murió, se levantaron emcoionados a darme la mano. Creo que ni entendieron lo que dije, pero los vi absolutamente desconsolados y me sentí una angustia muy grande. Me acerqué a ella. Tenía el pelo negro, peinado hacia atrás, una nariz preciosa de tobogán y un gesto apacible, como si durmiera pero estuviera viva. Me pareció un ángel. Estuve bastante tiempo observándola. De repente apareció la madre y me interrumpió, me pidió que si podíamos salir al pasillo. La acompañé y nos sentamos. Fría como un témpano, lo primero que hizo fue preguntarme qué había dicho dentro de la sala. La dije que nada, que soy un vecino de donde apareció su hija. Se tranquilizó y me dijo que los abuelos de su hija eran mayores y delicados y no estaban para saber la verdad (no pronunciaba la palabra suicidio), así que me rogaba que no contara nada. En ese momento le dije que lo aceptaba a cambio de saber cosas sobre su hija. Esa mujer bajita, de pelo tirando a corto, voz segura y alma esquiva, comenzó a hablarme de su hija con suma seguridad. Me contaba que había estudiado Historia en la Universidad, que la gustaba mucho leer, que solía ir a menudo a la librería Stvdio a comprar libros...y algunas cosas más sobre sus gustos. Yo escuchaba en silencio y me iba haciendo una idea de ella, de una chica solitaria quizás. Después de un rato me preguntó si quería saber algo más. El trato tácito entre ambos parecía que se acababa. Sí quería saber más, quería saber por qué lo hizo. La madre me dijo que estaba muy unida a su padre, fallecido hacía más de un año atrás, y que tenía un hermano pero vivía en EEUU. "¿Y con usted?", no me hacía falta la respuesta; se limitó a decir que no estaban muy unidas.
Me invadió un sentimiento de que Coté estaba a su suerte en este mundo, invadida por una angustia insoportable contra la que luchaba sola y sin fuerzas. Recorté su esquela y la de mi abuelo (por ahí las tengo). COmetí un estúpido error con su madre que hoy no hubiera cometido; la dije que guardaba conmigo su reloj de pulsera, lo saqué del bolsillo y se lo enseñé. No sé si creí que quizás podría ablandarla. Ella lo miró y me dijo que podía quedármelo, hasta que advirtió que la hora quedó parada en el momento de su muerte. Cambió de opinión cuando se lo advertí, y dijo que sí lo quería. No me cabe ninguna duda que se deshizo del reloj.
Recuerdo salir de la Iglesia del Cristo de Santander del funeral de mi abuelo, y en ese momento ver que una señora subía las escaleras hacia mí. Era la tía de Coté que me vio en el velatorio. Me dijo que ella no se creía que Coté hubiese caído accidentalmente por unas escaleras y se hubiese matado. Desconfiaba de la versión que la madre dio a la familia, me preguntó por la verdad. Hoy la hubiera contado la verdad con pelos y señales, pero entonces era yo tan estúpidamente recto, que respeté mi pacto tácito con la madre. No conté nada a la tía de Coté, pero creo que mis gestos de frustración la debieron confirmar que iba en lo cierto, que la madre de Coté cubrió con la tapadera del accidente la vergüenza propia de no querer a su hija.
Durante muchos años, mi hermano y yo hemos dejado una flor en el lugar del patio de mi casa donde murió.
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